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La fotografía estereoscópica
favoreció una reflexión sobre qué es
la realidad, cómo la vemos y la interpretamos. Pero,
sobre todo, estas imágenes se convirtieron pronto en
un elemento de difusión turística y, muy especialmente,
en un divertimento de primera magnitud en manos de aficionados
a la fotografía. En los visores estereoscópicos
domésticos de amateurs como Enrique Berrie, que tomó
sus estereoscópicas entre 1906 y 1917, surgió
una ciudad en relieve.
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